Camino al Río de la Plata

Camino al Río de la Plata

Buenos Aires – El viaje comienza

 

Primera parada: Buenos Aires.

Hay partidas que no piden permiso. Que se imponen como una evidencia. Esta fue una de ellas. Había dejado pasar los años, los “ahora no”, los proyectos por terminar, las obligaciones por cumplir. Y un día, de pronto, ya no hubo nada. Ninguna excusa. Solo una pregunta dando vueltas en bucle:

¿Y si me fuera lejos?

De la idea a la acción, solo hubo un clic. Un billete. Un trazo. Un itinerario soñado: Buenos Aires, Salta, Iguazú, El Calafate, Ushuaia. Todo planificado. Al menos, en teoría. Porque entre los planes y yo, siempre ha habido esa tensión… suave, pero real.

 

31 de enero, 21 h. Aeropuerto de Buenos Aires.

 

Trece horas de vuelo. El cuerpo pesado, los párpados en alerta. Y, sin embargo, en cuanto pongo un pie fuera, una bocanada de aire húmedo me golpea. Pesado, denso, vivo.

 

Me encanta esa sensación. La de estar lejos. La de estar vivo.

 

Un Uber, y luego la ciudad que pasa. Borrosa. Vibrante. Primer contacto, a través del cristal.

 

Destino: Casa de Bulnes, un hostal con encanto colonial, como escapado de otro siglo. El anfitrión me espera. Sonriente. Cálido. Me muestra el lugar como quien recibe a un amigo. Dejo mi mochila. Respiro. Y salgo otra vez.

 

Pero no para pasear.

Ni para brindar por mi llegada.

No. Primera misión: farmacia.

 

Porque sí, decidí comenzar este viaje con un dolor de muelas tremendo. Un latido punzante como un tambor. Detengo a un transeúnte. Me responde con ese acento cantado que ya me gusta. Me indica una dirección.

 

Y así fue mi primer contacto con Buenos Aires: una noche húmeda, un diente en llamas, una casa llena de historias… y un objetivo urgente.

 

El viaje había comenzado.

Palermo. Desayuno. El verdadero comienzo.

 

A la mañana siguiente, el despertar es suave. El dolor se ha calmado, el cielo está despejado, y Palermo me abre los brazos. Me topo con un pequeño café de barrio, como tantos que hay por aquí. Simple, bueno, sincero.

 

Café negro. Medialuna. Silencio.

Con Google Maps en mano, me dejo guiar.

Primera parada evidente: la Casa Rosada.

 

El metro, aquí, se llama “Subte”. No es tan complicado. Solo unas pocas líneas (A, B, C, D, E, H), bien conectadas. Las estaciones son claras, coloridas, accesibles. Un detalle interesante: es el primer metro de América del Sur, inaugurado en 1913. Una línea antigua que huele a historia.

 

Salgo en Plaza de Mayo. Y ahí… la primera impresión:

La Casa Rosada impresiona menos que en las fotos.

Pero la plaza…

La plaza lo cuenta todo.

 

Madres que caminan en círculo, en silencio. Voces que aún se adivinan en las piedras. Aquí se jugó todo: los gritos, las rabias, las revoluciones. Pienso en las Madres de Plaza de Mayo, en sus pañuelos blancos, en sus pasos obstinados.

 

Después, rumbo al Obelisco.

 

Sobre la avenida 9 de Julio, esa arteria inmensa, uno se siente diminuto.

Ese monumento, erigido en 1936, celebra los 400 años de la ciudad. Un símbolo absoluto.

París tiene su Torre Eiffel, Nueva York su Estatua de la Libertad, Buenos Aires tiene esto.

Y ahí… una pequeña locura.

Compro un billete para el bus turístico rojo. Sí, ese. El de subir y bajar.

Turista asumido.

San Telmo. Asado. Calor.

 

Primera parada: San Telmo.

El alma bohemia de Buenos Aires. Un mercado cubierto, antigüedades, olores a carne asada. Mi estómago ruge. Distingo un puesto. Los camareros bailan, la música suena fuerte, las risas también.

 

 

Doy una vuelta… pero mi instinto me lleva de nuevo allí. Siempre seguir el primer impulso.

 

Pido un asado. 300 gramos de felicidad. Con chimichurri, obviamente. Una cerveza. Un bocado. Otro. Y entonces… el cansancio.

 

Pero no hay tiempo para siestas. Mañana, tomamos un bus. Destino: Gualeguaychú. O al menos… eso creo.

Gualeguay – El azar tiene sabor

El plan era Gualeguaychú. Tres horas en autobús, rumbo a uno de los carnavales más famosos del país. Íbamos motivados, emocionados, convencidos de estar en el lugar correcto, a la hora correcta.

— ¿Es este el bus para Gualeguaychú?

— Sí, sí, están en el andén correcto.

Y efectivamente, estaba en el andén correcto. Pero… no para el destino correcto. En mi billete decía Gualeguay. No Gualeguaychú. No el carnaval gigante. No las carrozas enormes ni la multitud enloquecida. Otro lugar. Desconocido. A 45 minutos de ahí.

¿Y sabes qué? También había reservado alojamiento en Gualeguay. El destino lo había tramado todo. Ya no había vuelta atrás. Así que fui.


Gualeguay. La Argentina profunda.

Tres horas y media atravesando una Argentina que aún no conocía. Inmensa. Llana. Verdadera. Al llegar, todo va más despacio. Más simple. Sin ruido. Sin caos. Un pueblo, no una ciudad.

La terminal de buses es diminuta. El sol pega fuerte. Me subo a un taxi.

— ¿Primera parada? El cajero automático.

Aquí no funcionan las tarjetas, no hay Uber, ni pagos con el móvil. Aquí es efectivo o nada.

El chofer me deja en el alojamiento. El dueño, José (Pepe), me recibe con una calidez poco común. Sincera. Habla despacio, sonríe mucho, ofrece ayuda sin que se la pidamos. Nos da algunas direcciones para comer. Incluso llama a un restaurante para asegurarse de que aún puedan atendernos. Se convertirá, sin saberlo, en uno de los encuentros más bonitos de este viaje.


Un almuerzo bajo 40 grados.

Camino diez minutos. No es mucho, pero bajo este sol, parece una hora. Encuentro el restaurante (o un restaurante, quién sabe), me siento. La camarera es encantadora. Pido el plato del día. Una cerveza bien fría, y comienza el festín.

El plato llega. Inmenso. Generoso. Rebalsado. Aquí no se juega con las porciones. Se come para cinco. Se ríe. Se baja el ritmo.

Y luego, llega la metida de pata del día: olvido mi documento y mi tarjeta sobre la mesa. Pero la camarera —la misma, siempre adorable— corre tras de mí por la calle para devolvérmelos. ¿Ves? Eso es Gualeguay. Una amabilidad desarmante. Otro ritmo. Otra vida.


Cae la noche. La plaza despierta.

Me siento en la plaza principal, con un vaso en la mano y unas empanadas calientes sobre la mesa. Los autos circulan despacio, los jóvenes presumen, las familias conversan. Me siento bien.

Flota en el aire un pequeño perfume a España. El calor del día da paso a la suavidad de la noche. Me siento en casa. De verdad.

Y ahí lo supe. Mi vida no está hecha para el norte de Europa.


Entre dos carnavales.

Al día siguiente, sigo dudando.

— ¿Y si al final voy a Gualeguaychú?

Ya había comprado los pasajes. Pensé que podía ir a festejar allá y volver temprano para tomar el bus a Buenos Aires.

Pero Pepe —sí, otra vez él— me dice:

— El carnaval de Gualeguay es más chico, pero mucho más auténtico. Más local. Más festivo, a su manera.

Incluso puede conseguirme entradas para el corsódromo. Y pasar la noche juntos, acompañarme.

Así que guardo mi billete para la otra ciudad… Pero en el fondo de mi cabeza, la duda empieza a instalarse.


Pre-carnaval, piscina secreta.

El día del carnaval, nada se mueve. La ciudad está en silencio. Sin un ápice de agitación. Empiezo a preguntarme si cometí un error al no haberme ido a Gualeguaychú.

Y entonces Pepe llama.

— ¿Te gustaría ir a nadar? A una piscina… un poco especial.

Obviamente, digo que sí. Viene a buscarme. Y ahí estoy, en una zona de aeródromo, a unos kilómetros de la ciudad, con… una piscina en medio de la nada. Un lugar improbable. Tranquilo. Delirante.

Una tarde suspendida. Antes de la fiesta. Antes de las plumas. Antes de los tambores.


Último acto en Gualeguay – El carnaval

Cae la noche y nos vamos al corsódromo. Es mi primera vez en un carnaval así. Sin estrés. En este pueblito, me siento bien. Me siento en casa.

Al llegar, ya es la euforia. La gente llega en masa, petardos estallan en el cielo, fuegos artificiales tiñen el aire cálido. El estacionamiento está a reventar, pero Pepe —sí, otra vez Pepe— nos encuentra lugar sin problema. Conoce a todo el mundo, aquí.

Nos acomodamos. Y de repente, la electricidad del momento nos invade. Bombas de espuma vuelan por todos lados, explotan, se vacían sin control. Niños, adultos, todos se llenan los ojos de magia. Y nosotros, claro, no somos la excepción.

El desfile comienza. Cinco comparsas se suceden. Cada una tiene unos 45 minutos para tomarse la pista. Trajes suntuosos, bailes frenéticos, colores vivos, ritmo, fuego, corazón. Es intenso. Es vibrante. Nos dejamos llevar. Y no me arrepiento ni un segundo de no haber ido a Gualeguaychú.

Fin de la noche. Espuma en el pelo, la ropa empapada, la sonrisa de oreja a oreja. Los ojos llenos de imágenes, los oídos llenos de ritmos, la cabeza llena de recuerdos.

Creo que fue ahí, esa noche, cuando viví una de las aventuras más hermosas de este viaje. Un momento inesperado, simple y poderoso. Un encuentro humano, real, de esos que pocas veces se viven.


Mañana, toca volver a la ruta.

Regreso a Buenos Aires. Luego rumbo a las cataratas del Iguazú. Pero antes de eso, un último pensamiento: gracias Pepe. Gracias Gualeguay. Por este paréntesis. Por este instante de olvido. Por esta fiesta inesperada, y esa intensidad que no se puede inventar.


📌 Información útil – Buenos Aires & Gualeguay

• Hostal en Buenos Aires: Casa de Bulnes – muy buena atención, estilo colonial.

• Transporte: El Subte es fácil de usar; Uber funciona en Buenos Aires, pero no en Gualeguay.

• Salud: Las farmacias abren hasta tarde, pero es recomendable llevar un botiquín de primeros auxilios.

• En Gualeguay: Todo se paga en efectivo. Hay cajeros automáticos, pero cobran comisión.

• Carnaval: Elige Gualeguay si buscas una versión local, inmersiva y acogedora del carnaval.


✈️ Regreso a Buenos Aires – Rumbo a Iguazú

A la mañana siguiente, desperté sin problemas. Hay que decir que no me había pasado con el alcohol, y no salía hasta el mediodía. El bus hacia Buenos Aires me esperaba.

 

Pepe —sí, él otra vez— se ofreció para llevarme a la terminal. Un último abrazo, firme, sincero. Una despedida honesta a ese rincón de Argentina que nos había adoptado. Y listo: rumbo a Buenos Aires. Las cataratas de Iguazú me esperaban.

 

Tres horas de ruta, el mismo trayecto que a la ida. Dormí un poco, grabé algunas tomas, dejé que los paisajes fluyeran.

Al llegar a la terminal, salto a un Uber rumbo al aeropuerto — el de vuelos nacionales (sí, Buenos Aires tiene dos aeropuertos: Ezeiza para los vuelos internacionales, y Aeroparque para los vuelos internos).

 

Ya en el lugar, unas búsquedas rápidas para encontrar la puerta de embarque, y luego, una misión prioritaria: comer. Aquí, comer es parte del día a día. A toda hora. En todas partes. Y, siendo sincero, creo que he subido algunos kilos desde que empezó el viaje… Pero da igual. Encuentro algo que me llena, y me hace bien.

 

El embarque es puntual. Tres horas de vuelo me separan de Iguazú. Así es Argentina. Distancias colosales. Horas de ruta… o de cielo… entre cada etapa.

Llegada nocturna a Iguazú

Aterricé tarde en la noche. Pero sin estrés. Ya había organizado el transporte con el anfitrión de mi alojamiento. Apenas salgo del aeropuerto, ahí está el chofer. Perfecto.

 

El trayecto es agradable, pero la noche es cerrada. Imposible ver el paisaje, aunque… algo me impacta: la vegetación. Detrás de las sombras, adivino siluetas espesas, densas. La selva no está lejos.

 

Charlo un poco con el chofer, Junior. Un tipo discreto, pero eficiente. Amable. Siempre disponible. Le hablo de las cataratas, le pregunto cómo llegar, y sin dudarlo, se ofrece a llevarme al día siguiente. Generosidad simple, natural.

 

Llego al apartamento. Mi anfitrión me espera, de pie, en la puerta. El lugar parece lindo, pero está demasiado oscuro para notarlo bien. Pienso: “Lo veré mejor mañana.”

 

Después de pagarle a Junior y acordar la hora para el día siguiente, por fin entro. Una cama, una ducha, y descanso. Mañana voy a descubrir uno de los tesoros más grandes del continente.

Iguazú – En el umbral del mundo

El despertar, aquella mañana, no tuvo nada de común. Sin alarma. Sin luz artificial. Solo el canto de los pájaros, ese calor húmedo que se instala desde el amanecer, y esa sensación de que algo me espera allá afuera. Una promesa de verde, de grandeza.

 

Preparo mi mochila fotográfica, lo esencial, nada más. Me espera un mensaje. Es Junior. Al final no podrá venir, pero ya lo ha organizado todo. Otro chofer tomará el relevo. Este tipo… un verdadero ángel guardián del fin del mundo.

 

A la hora acordada, el nuevo conductor ya está ahí. Sonrisa discreta, acento musical, mirada amable. Me pongo en camino. Y qué camino. Muros de vegetación a ambos lados, un verde espeso, desbordante. La selva vestida de gala. Cruzo un pedazo de Argentina, pero ya se siente Brasil, ya se adivina Paraguay. Estoy en la triple frontera. Tres países para una sola emoción: la de estar completamente en otro lugar.

 

Me dice que vive a pocos kilómetros, que todos aquí conocen las cataratas, pero que nadie se cansa de ellas. Y entiendo rápido por qué.

Después de unos veinte minutos, llegamos a la entrada del Parque Nacional Iguazú. Y ahí… un golpe. Yo, que venía de un hotelito aislado, perdido entre árboles, siento que acabo de llegar a Disneylandia. Autobuses repletos, guías con carteles, familias enteras vestidas igual. Gente. Mucha gente. Pero, después de todo, es normal. Es una de las siete maravillas naturales del mundo, ¿no? Es un lugar que atrae. Que llama.

 

Así que respiro. Me adapto. Voy a la boletería.

 

🎟️ Precio de entrada (2024) :

• Turista extranjero: 20.000 ARS (aproximadamente 20 CHF)

• Se recomienda pagar con tarjeta (no siempre aceptan efectivo, y la fila es más rápida)

• Incluye los traslados internos dentro del parque

 

Con los boletos en mano, el corazón latiendo fuerte. Listo para caminar, listo para maravillarme. Las cataratas del Iguazú me esperan.

Iguazú – Gran Aventura, o cómo lanzarse a la garganta del mundo

Rumbo a las cataratas. La multitud se dispersa en todas direcciones, cada uno con su plan, con su ritmo. Yo avanzo sin tener muy claro por dónde empezar, y es entonces cuando aparece — un vendedor, camisa beige, mirada despierta, sonrisa segura.

— ¿Gran Aventura, señor?

Freno en seco. Me explica, con gestos: una excursión en 4×4 por la selva, seguida de una travesía en barco… hasta los pies de las cataratas. Ni siquiera escucho el final. Dijo “barco” y “a los pies de las cataratas”. Yo ya había dicho que sí en mi cabeza.

 

Es ese tipo de momento en el que recuerdas por qué viniste hasta aquí: para vivir, no solo para mirar. Así que vamos. Elijo el paquete completo — la “Gran Aventura” en su versión más intensa. Porque estas cosas… se hacen una vez en la vida, ¿no?

 

🎟️ Gran Aventura – Tarifa 2024

• Turistas extranjeros: aprox. 80–90 CHF por persona

• Se puede reservar en el lugar o en línea (generalmente con horario asignado)

• Incluye: recorrido en camión 4×4 por la selva + navegación en lancha bajo las cataratas + acceso a algunas pasarelas

 

Me entregan el ticket, y ya siento cómo crece la emoción. Camino hacia el punto de encuentro. Hace calor. Mucho calor. El aire es denso, como si cada respiro pasara por un filtro húmedo. Transpiro. Me río. Espero.

 

Pero en el fondo, se cuela una pequeña duda. ¿Será difícil? ¿Habrá mucha caminata? ¿Muchas subidas? Mi estado físico últimamente… cómo decirlo… Digamos que estoy más cerca del perezoso que del jaguar.

 

Pero no importa. Hoy estoy listo para todo. Para que me sacudan, me mojen, me salpiquen, me arrastren.

No todos los días uno se deja tragar por las cataratas del Iguazú

Subo al camión. Un 4×4 grande, abierto, estilo safari tropical. Somos unos veinte a bordo, gorras bien ajustadas, botellas de agua ya medio vacías. El motor ruge, y arrancamos.

 

El camino se adentra en la selva. El guía —micrófono en mano, sonrisa brillante— nos va contando sobre el bosque, los árboles centenarios, los animales ocultos, los insectos gigantes, los mitos guaraníes… Lo escucho, pero mi mente se dispersa. Miro a mi alrededor. Intento captar la esencia del lugar. Ese verde que desborda por todas partes. Esa sensación de que aquí la naturaleza es soberana. Dueña absoluta.

 

El recorrido dura unos treinta minutos. Justo el tiempo para empaparse del lugar. Después, bajamos. Caminamos un poco, nada complicado. Escaleras de madera, senderos bien marcados, y a lo lejos… el ruido. Ese rugido sordo, potente, casi vivo. Ya está. Nos acercamos.

 

Llegamos al río. El Río Iguazú. Nos esperan los chalecos salvavidas. También bolsas estancas, para los teléfonos, las cámaras, los documentos. Todo lo que no aguanta el agua. Yo me siento como un niño. Un poco tenso, pero de esa tensión buena. La que te dice: esto no se te va a olvidar nunca.

 

Embarcamos. La lancha es robusta, los motores potentes. El guía grita:

— ¡¿Listos para mojarse?! ¿Listos para empaparse?

La respuesta: carcajadas. Gritos. Pura emoción.

Y entonces… nos lanzamos.

El río es ancho, tranquilo al principio. Deslizamos sobre el agua. Las cataratas están ahí, frente a nosotros. Majestuosas. Casi irreales. Cortinas de agua gigantes, arcoíris suspendidos, vapor que baila en el aire.

 

Y de pronto — a toda velocidad.

 

La lancha acelera. Nos acercamos a una cascada. Luego a otra. Y ahí, sin medias tintas: entramos. Literalmente. El agua nos traga. Toneladas de agua sobre la cabeza. Gritos de alegría. No se ve nada. Reímos, tosemos, volvemos a gritar. Está frío, es fuerte, es salvaje. Y yo estoy ahí, en medio de todo eso, el corazón latiendo a mil, empapado hasta el alma.

 

Salimos del telón de agua como se sale de un sueño. Empapados. Pero vivos. Más vivos que nunca. La lancha reduce la velocidad, los motores ronronean, y el silencio vuelve poco a poco. Un silencio extraño. De esos que llegan después del caos, como una caricia tras el huracán. La gente a mi alrededor ríe, todos un poco sacudidos, con el pelo pegado al rostro y los ojos brillando.

 

Desembarcamos. Mis zapatillas hacen splotch con cada paso. La camisa se me pega al cuerpo. Pero me da igual. Estoy eufórico.

Tomo un sendero. Esta vez, a pie. Hacia las pasarelas. Y ahí… el paisaje cambia. Ya no estoy en el corazón de las cataratas. Ahora las miro desde arriba.

 

Camino sobre pasarelas metálicas suspendidas en el vacío, sobre el río. Avanzo. Y cada paso me regala un nuevo cuadro. Un nuevo respiro.

 

Y entonces… la vista. La famosa. La Garganta del Diablo. Un abismo. Un grito. Un agujero negro de agua y ruido. Me quedo ahí, inmóvil. Sin palabras. Sin moverme. Solo… eso. Ese hueco abierto en la tierra. Esa fuerza que no pide nada, que no se explica. Una energía que te pone en tu lugar. Pequeña partícula humana frente al infinito.

 

Respiro. Cierro los ojos. Y me digo que estoy exactamente donde tenía que estar.

 


 

Iguazú – De vuelta a la tierra, pies en el agua, cabeza en las nubes

Regreso poco a poco por el sendero hacia la entrada del parque. La cabeza todavía húmeda, las piernas un poco pesadas, los sentidos revueltos. No hablo mucho. Creo que todavía estoy allá, en algún lugar entre la selva y la cascada. Aún suspendido en esa sensación de ser minúsculo e inmenso al mismo tiempo.

 

Junior —o mejor dicho, su reemplazo del día— me espera en la salida. Siempre puntual, siempre con esa sonrisa discreta. Subo al coche, las ventanas abiertas. El aire sigue cálido, casi dulce. Veo pasar los árboles, el cielo ya un poco dorado. Y en mi cabeza, todo gira: las imágenes, el ruido del agua, los gritos, el verde, el azul, el vacío.

 

Vuelvo. Pero antes, se impone una pequeña parada.

 

 

Justo en la esquina de la calle, una tiendita diminuta, iluminada con un neón amarillo pálido. Entro, aún empapado. Nadie se inmuta. Esto es Argentina. Compro lo necesario para celebrar: cervezas frías, papas fritas, algunas aceitunas, un queso de nombre cantado que no conozco.

 

Ya en el hotel, el cansancio cae de golpe. Como una ola. El cuerpo pide descanso, pero el corazón… el corazón todavía quiere vibrar un poco más.

 

Así que me voy a la piscina.

 

Nadie. El silencio, apenas interrumpido por algunas cigarras y una música lejana. Me acomodo al borde, los pies en el agua, una cerveza en la mano. Bebo en silencio. Solo imágenes. Solo recuerdos. Una sonrisa. Lo sé.

 

El sol baja lentamente. Pinta el cielo de naranja, luego de rosa, luego de fuego. Y ese atardecer… no sabe igual que los otros. Ese sabe a agua, a espuma, a miedo, a alegría, a verde y a infinito. Sabe a un momento que no se olvida.

 

Gracias, Argentina. Por este día. Por esta bofetada dulce. Por esta belleza salvaje, imposible de atrapar. Gracias por este recuerdo que acaba de grabarse, ahí, muy dentro.

 


 

Al día siguiente, me despierto sin apuro.

Sin alarma. Sin ruido. Solo la luz filtrándose por las cortinas y los recuerdos de ayer pegados todavía a los párpados.

 

Creo que aún tengo agua de las cataratas en los oídos. O tal vez sea solo la memoria, que vuelve a pasar la cinta. En fin… siento que esto se termina.

 

Hago la maleta en silencio, en mi burbuja. No hay tristeza, exactamente. Más bien esa sensación agridulce que aparece cuando dejas un lugar que amaste, pero sabes que ya es hora.

 

 

Todavía me quedan unas horas antes de ir al aeropuerto. Así que pienso:

 

“¿Y si doy una vuelta por la ciudad?”

 

Un mensaje a Junior, por supuesto. Responde al minuto. Pasa a buscarme, con esa eficacia tranquila que lo define. Me deja en el centro de Iguazú, y quedamos para el regreso, un poco más tarde.

 

El centro de Iguazú no tiene nada extraordinario. Pero está lleno de vida, es simple, es real. Tienditas coloridas, algunos cafés, un calor húmedo que se pega a la piel. Camino sin rumbo fijo. Me detengo a comer algo (de verdad tengo que dejar de comer… o empezar a hacer más ejercicio). Observo a la gente. Saboreo. Solo eso. Estar ahí, un poco más.

 

Junior vuelve puntual, como siempre. Último trayecto por las rutas rojas de Misiones, esa tierra que parece sangrar bajo el sol.

 

 

A medida que nos acercamos al aeropuerto, el silencio se instala. Pero con Junior seguimos hablando. Aun así, sé que pensamos lo mismo: volveré. Quizá no aquí. Quizá no pronto. Pero… volveré.

 

El aeropuerto es pequeño, tranquilo. Todo fluye sin problemas. Despegamos a última hora de la tarde, rumbo a Buenos Aires.

Y de ese vuelo… me voy a acordar. Porque tuve los ojos cerrados casi todo el tiempo. Pero en mi cabeza, estaba todo ahí. Las cataratas. La selva. La espuma. Los gritos. Y ese atardecer de la noche anterior, sentado al borde de una piscina, una cerveza en la mano, el corazón en llamas.

 

Aterrizamos en Buenos Aires mientras cae la noche. Y en dos días, me espera una nueva orilla: Uruguay. Pero eso… eso ya es otra historia.

Montevideo

Un nombre que suena como un poema. Como una promesa. Llegaría tarde por la noche… Pero qué importa. Será una nueva página. Otro ritmo. Otra orilla.

 

Montevideo – Primeros pasos, estómago vacío, corazón curioso

Llegué tarde. La terminal de buses era grande, un poco caótica, llena de vida a pesar de la hora. Salté a un taxi sin pensar mucho, con los ojos todavía llenos de ruta y el cuerpo algo entumecido por los kilómetros.

 

Rumbo a mi Airbnb. Un departamento pequeño, acogedor, bien ubicado. Nada lujoso, pero de esos lugares donde te sentís en casa desde el primer minuto. Paredes claras, un sofá mullido, un balcón que da a una calle tranquila. Perfecto para dejar las valijas y decirse: ok, ya estamos. Estoy acá.

 

Pero… tenía hambre. Hambre real. Un antojo algo raro, algo específico: sushi. (Sí, ya sé… yo y mis antojos de embarazada, es una larga historia.) Así que agarré el mapa del barrio, me puse los zapatos todavía húmedos de Colonia, y salí a explorar.

Cocina del fin del mundo

Después de quince, veinte minutos caminando por las calles tranquilas de un Montevideo nocturno, lo encontré: un pequeño restaurante discreto, pero que vibraba con suavidad.

 

Kuei – Cocina Fusión Nikkei y Peruana

📍 Gabriel Pereira 3149, Montevideo, Uruguay

🌐 kuei.com.uy

💰 Precio medio: 20 a 30 CHF por persona

 

La fachada no decía mucho, pero por dentro… madera rústica, luces tenues, cocina a la vista. Un aroma a jengibre, soya, lima.

 

La carta era corta, bien pensada, y mezclaba con osadía las influencias peruanas y asiáticas. Había nigiris al pisco, rolls de ceviche, baos con rocoto. Un viaje dentro del viaje.

 

Pedí. Disfruté. Y esta vez, de verdad, disfruté la comida. No pedí sushi, al final. Pedí pato. Y pfff… qué plato. Todavía siento el sabor en la boca. Creativo, equilibrado. Una sorpresa. Como una respuesta inesperada a mi antojo de la noche.

 

Volví caminando, con el corazón un poco más liviano, el estómago lleno, y la lluvia… muy atrás. Montevideo se iba abriendo, despacito. Y yo… yo ya sabía que nos íbamos a llevar muy bien.

Montevideo – La calma después de la lluvia

A la mañana siguiente, la luz se filtraba suavemente a través de las cortinas. Una luz cálida, limpia, casi suave después del gris del día anterior. Montevideo despertaba a su ritmo — lento, sereno, casi meditativo.

Ya hacía mucho calor. Uno de esos días en que el asfalto parece derretirse y el aire se pega a la piel. Pero yo… yo estaba como pez en el agua. Respiro mejor cuando el aire es denso. Camino más lento, pero más profundo. Mi cuerpo conoce este clima. Se acomoda en él. Se ancla.

 


 

Rambla, mar y respiración

Primera parada: la Rambla. Ese largo paseo que bordea el Río de la Plata, verdadera columna vertebral de la ciudad. Kilómetros de cemento y viento, donde los corredores se cruzan con pescadores, y los enamorados con viejos amigos.

Hay algo pacífico en este lugar. Un mar que no es mar, pero que tiene todo de océano. Playas tranquilas, casi vacías. Y ese cielo inmenso, siempre ahí, incluso cuando está gris.

Caminé mucho. Sin rumbo. Solo para respirar, mirar, sentir. El calor me sostenía. Como un mar invisible.

 


 

Pausa almuerzo, pausa sol

A la hora del almuerzo, nos detuvimos en un pequeño restaurante frente al mar, sin pretensiones, pero lleno de encanto. Una terraza, algunos parasoles, y ese sabor tan especial del instante suspendido.

Ni siquiera recuerdo qué comimos. Pero recuerdo el sol sobre mi piel, el viento en el pelo, y esa sensación de plenitud.

El carnaval en el horizonte

Por la tarde, decidimos averiguar un poco más. Porque en Montevideo también es temporada de carnaval. Pero aquí es distinto. Más largo, más teatral, más arraigado en la cultura afro-uruguaya.

Fui hasta la Casa de la Cultura, hablé con un agente turístico, agarré algunos folletos, anoté fechas. El desfile principal, llamado Desfile de Llamadas, no iba a tener lugar sino hasta unos días después. Pero ya había ensayos, espectáculos de murga, barrios enteros en efervescencia.

Y en mi estómago, empezó a instalarse una pequeña impaciencia. Me encanta esa sensación. Cuando algo se acerca. Cuando el presente ya empieza a bailar con el futuro.

 


 

Vuelta a la calma, esperando el mar

Esa noche, nada de locuras. Nada de salidas, ni ruido, ni planes. Solo el apartamento, aún tibio del sol del día. Un aire acondicionado que ronroneaba, algo de ropa secándose, y mis piernas un poco cansadas de tanto caminar.

Comí algo liviano, tomé agua bien fría, miré cómo la luz se deslizaba lentamente sobre los edificios vecinos. Fue una noche simple, como un paréntesis entre dos ritmos.

Porque al día siguiente… me esperaba otro mundo. Rumbo a Punta del Este. Un bus, unas horas de viaje… y el océano. El de verdad.

Punta del Este – Donde el río se convierte en mar

A la mañana siguiente, salimos de Montevideo con las primeras luces del día. Una mochila ligera, gafas de sol y esa emoción tan particular que se siente cuando uno se acerca al mar. Porque hoy, me voy hacia la costa. Hacia Punta del Este.

Dos horas y media de viaje. Justo el tiempo suficiente para cabecear, soñar despierto, dejar que el paisaje se deslice. Y al llegar… el aire cambia. Más salado. Más fresco. Más amplio.

Punta del Este es una mezcla curiosa. Un cruce entre Miami, la Malvarrosa de Valencia y un rincón de Sudamérica que no ha olvidado sus raíces. Una ciudad costera elegante, frecuentada por argentinos y brasileños, pero que también sabe volverse salvaje si uno se aleja un poco.

Antes fue un pequeño pueblo de pescadores. Y con el paso de las décadas, se transformó en un centro turístico, de arquitectura moderna, galerías de arte, fiestas exclusivas… pero también de largas playas vacías en invierno, y rincones tranquilos donde el viento todavía cuenta historias de las primeras casas de madera.

La Mano de Punta del Este – Los Dedos

Apenas llegamos, fuimos a ver el monumento más icónico de la ciudad: La Mano. O mejor dicho: Los Dedos.

Cinco dedos que emergen de la arena, como una mano gigante que está por salir… o por hundirse, según la imaginación de cada quien. Plantada ahí, en Playa Brava, desde 1982, esta escultura se convirtió en símbolo de Punta del Este. Obra del artista chileno Mario Irarrázabal, fue realizada en solo seis días, durante un concurso de esculturas en la playa.

Intriga. Fascina. Hace sonreír. A veces incomoda. Pero nunca deja indiferente.

Me acerqué. La toqué. El cemento estaba caliente bajo los dedos. El viento soplaba con fuerza ese día, y las olas de la Playa Brava lamían la orilla con impaciencia.

Un contraste perfecto: la mano, inmóvil, poderosa, casi dramática… y el mar, en movimiento, vivo, impredecible.

Un día entre dos aguas

Después de la visita a Los Dedos, seguimos caminando por la orilla. La Playa Brava, con sus olas inquietas, su arena clara, su viento directo. Luego, un poco más allá, la Playa Mansa, más tranquila, más serena. Dos caras de una misma ciudad. Dos formas de abrazar el mar.

Hacía calor. Pero el agua… el agua estaba fría. Un escalofrío desde los primeros pasos. Un grito. Y luego, la sonrisa.

Las olas estaban agitadas, como si el océano quisiera probar nuestro coraje. Y yo… yo adoraba eso. Pelear un poco contra las corrientes, zambullirme, salir, tiritar… y volver a entrar. Porque hay baños que despiertan más que cualquier café. Y este… este me atravesó hasta el corazón.

Almuerzo, deambular, y atardecer

Al mediodía, me regalé un buen almuerzo en una terraza. Pescado fresco, vino blanco bien frío también. Las toallas de playa se secaban sobre el respaldo de las sillas, y mis hombros también. El sol pegaba, pero con suavidad. Como una caricia que insistía un poco.

La tarde se deslizó sin esfuerzo. Calles bordeadas de palmeras, galerías de arte, gente que paseaba, otros que corrían detrás del verano. Caminé, probé un maté helado, comí un helado, saqué algunas fotos.

Y ya al final del día, una cena ligera. Nada grandioso. Solo lo justo para cerrar con suavidad. La luz dorada caía sobre los edificios blancos y los últimos bañistas volvían a casa, con la arena pegada a los tobillos.

Regreso, lentamente

El bus de regreso partió al caer la noche. Me senté junto a la ventana, cansado, con la sal aún sobre la piel y la arena entre los dedos de los pies. El corazón liviano. Y el cuerpo, feliz.

Montevideo me esperaba. Pero yo… yo seguía allá, en algún lugar entre dos olas. Entre dos respiros.

Montevideo – Tomar altura antes de la fiesta

A la mañana siguiente, retomé mi recorrido por la ciudad. Sin apuro. Solo con esa necesidad de ver un poco más, de ir un poco más lejos, un poco más alto.

Rumbo al Mirador de la Intendencia, en el último piso de la alcaldía de Montevideo. Un edificio imponente, de los años 40, en pleno centro de la ciudad. Subo en ascensor —gratuito—, paso por algunos controles de seguridad, y ahí estamos, en la cima.

El viento sopla fuerte allá arriba. Pero la vista… A 80 metros de altura, Montevideo se extiende, suave y tranquila. El Río de la Plata a lo lejos, la Rambla que serpentea, techos rojizos, árboles frondosos, avenidas rectas como promesas. No es una ciudad que busca impresionar. Es una ciudad que se deja leer. Con paciencia. Con lentitud. Y vista desde arriba, revela su poesía discreta.

Después, rumbo a otro lugar mítico: el Estadio Centenario. Un templo del fútbol, construido en 1930 para albergar la primera Copa Mundial de la FIFA. Aquí, Uruguay venció a Argentina en la final y se consagró campeón del mundo. Un lugar lleno de historia, de gloria, de leyenda. No solo es un estadio, es una cápsula del tiempo, un símbolo del orgullo nacional.

La noche, la piel, el ritmo

Por la noche, llegaba el gran momento. El carnaval. El de verdad. Del que todo el mundo habla.

Me fui directo al barrio Sur, donde los tambores suenan desde siempre. Ya teníamos nuestras entradas para el famoso Desfile de Llamadas, el desfile más emblemático de Montevideo. Un carnaval distinto.

Aquí no hay carrozas gigantes ni plumas excesivas. Aquí manda la candombe. Una tradición afro-uruguaya, nacida en los barrios de los antiguos esclavos. Cientos de tambores avanzando en procesión. Bailarines que se deslizan, se balancean, se contorsionan, ondulan. Trajes coloridos, rostros pintados, y ese ritmo… ese ritmo que viene de lejos.

Estaba ahí, sentado en unas gradas improvisadas, rodeado de familias, de locales, de niños eufóricos.

Y cuando sonó el primer tambor, sentí el vientre vibrar. Un sonido grave, ancestral. Algo que no se entiende de inmediato. Pero que se siente. Profundamente.

Las comparsas se sucedían, cada una con su historia, su barrio, su orgullo. Las “mama vieja”, los “escobero”, los “gramillero” —personajes típicos de la candombe, que desfilan como hace cien años.

Y yo miraba todo eso… como un niño. Con esa sensación extraña de estar presenciando algo valioso. No solo un espectáculo. Una memoria viva. Un latido colectivo.

Montevideo – Tambores hasta el alma

La noche avanzaba, y los tambores no se apagaban. Al contrario, cuanto más pasaban las horas, más el ritmo se instalaba en nosotros. Casi no hablábamos. Mirábamos. Escuchábamos. Sentíamos.

Había algo magnético en esa procesión. Una mezcla de trance suave y dignidad. Cada grupo que pasaba cargaba su barrio, sus colores, su historia. Y no era un show. Era una ofrenda.

Con cada golpe de tambor, sentía el polvo levantarse bajo los pies. El cemento vibrar. El corazón alinearse con el ritmo.

El carnaval aquí no se explica. Se vive. Se recibe.

Me quedé hasta el final… casi. Hasta que los últimos grupos desaparecieron al fondo de la avenida, envueltos en una neblina de polvo y de luz. Las gradas se vaciaban lentamente, los niños se dormían en los regazos de sus padres, los vendedores plegaban sus heladeras y sus sueños de la noche.

Caminé en silencio por calles aún tibias. Montevideo seguía vibrando. Y yo también.

Esa noche, me dormí con los tambores en el pecho. Como un recuerdo bajo la piel. Como una plegaria que uno se lleva en secreto.

El regreso por la carretera, otra vez

A última hora de la tarde, las mochilas ya estaban listas. Había reservado un bus nocturno para volver a Buenos Aires. Y creo que de verdad me gusta este medio de transporte. La lentitud, las paradas improbables, la gente que sube y baja a lo largo de las horas. Y sobre todo… esa forma tan particular de ver el mundo pasar sin decir nada.

Pero ojo, un pequeño detalle puede cambiarlo todo:

👉 cuando compras tu billete para volver a Argentina, pide en la ventanilla que te sellen el pasaporte con la salida del país.

Es un paso obligatorio, a menudo olvidado… y yo casi pierdo el bus por eso.

Un pequeño sello. Una formalidad. Pero sin él: no hay paso de frontera. Y por tanto, no hay viaje.

Por suerte, corrí a tiempo. Pero esa carrera… esa no se me va a olvidar.

Una noche entre dos tierras

La salida fue suave. La ciudad se iba apagando poco a poco detrás del vidrio. Y afuera, las luces se extinguían una a una.

Después, la noche lo cubrió todo. Y yo me dejé arrullar. Una vez más, viajé entre recuerdos y sueños.

Una mañana demasiado temprana

Llegué a Buenos Aires cuando aún era de noche. Y hacía frío. Un cielo negro, unos pocos taxis, y esa sensación extraña de haber regresado… pero sentirse fuera de lugar.

Demasiado temprano para todo. Demasiado temprano para llamar al anfitrión. Demasiado temprano para entrar al apartamento.

Así que esperé. En una cafetería que apenas abría. Tomé té, una y otra vez. Picoteé algunas facturas sin tener realmente hambre. Y observé, una vez más, cómo la ciudad se despertaba.

Buenos Aires, al amanecer, tiene otro rostro. Menos ruido, más suspiros. Se estira lentamente, como nosotros.

Y aunque la espera fue larga, aunque el cuerpo pedía una cama y una ducha… me dije que eso también es viajar. Esos momentos inesperados. Esas pausas que no estaban en el plan. Esos intersticios.

No son los más instagrammeables. Pero, a menudo, son los que uno recuerda con más ternura.

Buenos Aires – Frenar para sentir

Estos últimos cuatro días en Buenos Aires los viví distinto. Sin correr. Sin agenda. Solo el tiempo. Solo la ciudad.

Me dejé llevar por el deseo del momento, sin rumbo fijo. Un café por acá, un parque por allá. Un paseo por San Telmo, un mercado, una plaza. El Jardín Japonés —uno de los más grandes fuera de Japón, nacido en los años 60 en honor a la comunidad japonesa en Argentina. Un lugar de calma, de equilibrio, de belleza contenida. De esos días que no se planean… pero que se saborean segundo a segundo.

Y fue justamente al dejar de querer verlo todo, que empecé a mirar de verdad. A escuchar. A sentir.

Buenos Aires me ofreció otra cara de sí misma. Menos urgente. Más íntima. Y, de alguna manera, aún más hermosa.

Partida – Una última empanada antes del aeropuerto

Y luego llegó el momento. Ese que siempre se teme un poco, incluso cuando ya sabés que está cerca.

Las valijas cerradas. Los últimos pesos gastados. El taxi rumbo a Ezeiza, la radio de fondo, y el corazón un poco más silencioso de lo normal.

El vuelo fue largo. Como una cámara de descompresión entre dos mundos. Un espacio suspendido entre el allá… y el acá.

Y yo, en algún lugar sobre el Atlántico, repasaba la película en mi cabeza. Buenos Aires. Gualeguay. Iguazú. Colonia. Montevideo. Punta del Este. Los tambores. La espuma en el pelo. Las calles adoquinadas. La selva. El viento. La sal. Los errores. Los imprevistos. Los platos fallidos. Los atardeceres perfectos.

Conclusión – Este viaje, este blog, y yo

Este viaje no lo hice solo para conocer un país. Lo hice para conocerme un poco más a mí también.

Caminé, nadé, esperé. Hablé con desconocidos, bailé al ritmo de los tambores, comí de más, dormí poco. Y amé cada instante —incluso los errores, los bajones, las largas esperas.

Y sobre todo, escribí. Llevé este diario. No como una guía. No como un mapa. Sino como un espejo.

Este blog es mi forma de dejar huella. De capturar lo efímero. De poner en palabras aquello que a veces solo necesita una mirada o un silencio.

Sé que voy a volver a Argentina. Tal vez el año que viene. Tal vez para explorar más lejos, más profundo. Pero lo que sí sé… es que esta tierra me abrió algo adentro.

Gracias por leerme. Gracias por acompañarme.

Hasta pronto, para una nueva historia.

— Nathan Kassidy ✨

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